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El cubil de los escritores (I)

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Por: Blas Malo.

Hola, Lector. He puesto (I) por si consigo redactar una segunda parte. Seguro que no soy el único autor que se compara con los demás. Como escritor tengo curiosidad de vieja de visillo: ¿cómo lo harán los otros? ¿Cómo se organizan para escribir? ¿Tienen alguna regla que yo desconozco, algún SECRETO que les ayuda a proseguir con ímpetu, sin descanso, página tras página hasta ultimar un nuevo libro? ¿Se encierran sin interrupción, y cuando terminan salen exultantes y lo celebran con champán (como Ken Follet), o con una cerveza (la mayoría, y gracias)?

¿Serán como yo, que voy a tirones, a ratos según la vida, el «otro» trabajo y la familia (los niños) me dejan? ¿Les influye su lugar, su cubil, como refugio y zona a la vez de trabajo, a la hora de escribir?

Pasen y vean al gran espectáculo de la creación. No voy a decir mucho de cada foto. Que cada Lector las descargue, haga zoom si quiere y saque sus conclusiones.

Por clasificar un poco, voy a comenzar con autores del catálogo de EDHASA. Luego con otros autores. A todos ellos, gracias por participar. No hay tanta sangre como dicen que hay entre autores. Al menos yo no la he visto (casi) nunca.

Bernard Cornwell

Bernard Cornwell, ¿qué decir del autor de Sajones y Vikingos, y Sharpe? Es foto reciente. El paraíso de un escritor: un despacho grande, lleno de papeles por todas partes para hacer lo que te dé la gana y sin que nadie te toque ni uno solo para ordenar nada. Quizás mucha luz, pero me gustan esos techos altos. Un caos ordenado, como a todos nos gusta.

Simon Scarrow

Simon Scarrow, autor de la saga romana de Macro y Cato, parece más austero. La botella TCP no sé qué será pero tiene buena pinta. Papeles subrayados, tochos de documentación, la mesa es pequeña pero bien aprovechada. Parece que tiene muebles auxiliares detrás con más papeles. Los autores buscamos un orden en el caos. El orden es el nuevo libro. El caos es nuestra cabeza. Esto sí tiene pinta de cubil.

Robert Graves

Robert Graves, autor de Yo, Claudio. Gran novela. La mirada da miedo. Está en pleno proceso. Cara de autor con mala leche. No me interrumpas, dice. Lo normal, vamos. Una mesa enorme, cubierta de varias capas de documentación. Recortes, libros viejos. Cenicero. El té que no falte. La botella de brandy, tampoco. Está cómodo y le hemos interrumpido. Toda pinta de cubil en su casa en Mallorca.

Álvaro Lozano

Álvaro Lozano, con Irene de Atenas. Un rincón tipo cubil. Su rincón, sus materiales, sus libros. Me reconozco. Aunque sea pequeño, es SU rincón, que la inspiración y las Musas hacen enorme, inabarcable. Todos sabemos lo que es eso, pero no sabemos qué será ese mapa. Con menos luz sería el cubil perfecto. La bebida parece agua.

Nieves Muñoz

Nieves Muñoz, autora de Las damas de la telaraña. Un sitio bastante despejado, con luz justa, como debe ser un cubil en nuestra vida moderna. No se ve mucho desorden. El escritorio tiene categoría. Buen gusto. El detalle de invertir la foto puede ser accidental, o no: es difícil indagar en esos secretos de la pared. Bonita muñeca. Comodidad, frescura.

Javier Pellicer

Javier Pellicer, autor de Lerna. Un sitio sobrio, bien aprovechado. Con luz, pero no demasiada; papeles, revistas de Desperta Ferro, libros de consulta. La taza con bebida de escritor (hay varias). El bonsai, recordando la vida exterior. Siempre he pensado que los papelitos doblados que un escritor no tira tienen cosas más que interesantes. Realmente no parece un cubil. Parece cómodo en él.

Mario Villén

Mario Villén, autor de Ilión. Estanterías nuevas que van llenándose, eso es el futuro. Es un sitio bastante despejado. Claro, luminoso. Es un buen despacho, porque hay que decirlo: el orden y la limpieza también inspiran. Tiene puesto el traje de trabajo, punto positivo.

José Soto

José Soto, autor de Bajo el fuego y la sal, su próxima novela que saldrá en unos días. Un despacho luminoso, ordenado y muchos libros, y con gato incorporado. Sabemos que las batallas se las narra el gato. Dicen que los ojos de gato son entradas a otro mundo (yo siempre me acuerdo del Nigromante). Realmente ordenado. Gran mérito, no menor al de Homero, rodearse de letras. La tecnología ayuda. Para que luego digan que queremos vivir en épocas pasadas. Hay luz pero en este caso no importa, su luz está dentro. La luz la pide el gato.

Blas Malo

Blas Malo, autor de Lope. El desdén y la furia. Mi tragedia. El antes y el después. De cuando con un hijo puedes preparar una pequeña habitación con despacho. Y después, con una hija, ya no tienes despacho y además necesitas una mudanza. El ahora es un rincón prestado donde trabajo como ingeniero, y a veces incluso escribo. Mi secreto es que desde hace varios años escribo también a través del móvil. Los niños pequeños es lo que tienen: mucha dedicación. Al menos, es como lo veo. La calculadora no falta, lleva 20 años conmigo, y sin problema. Hay cierto desorden, caos controlado. Los libros están expulsados de mi rincón. Tengo un cubil secreto. Mi rincón de acá es triste.

Víctor Fernández Correas

Víctor Fernández Correas, autor de Mühlberg. Una zona reducida para sus elementos de trabajos, compacto, del Atleti, con taza de escritor y bebida de escritor. Minimalista. La luz está bien. Música que no falte. Escribir, me dice, lo puede hacer en cualquier parte. Supondremos que la montaña de papeles está tras la cámara. Un cubil ordenado ¿parece menos cubil? No tiene por qué.

Francisco Narla

Francisco Narla, autor de Balvanera, me dice que él necesita poco. Escribe donde puede, cuando puede, esté donde esté. Así que lo que vemos es su mínimo. Su kit de viaje, o su kit de adaptarse en casa. Uhm, qué pondrá en esa libreta. Lo esencial no es el despacho, es tu cabeza. Pasarlo a algún formato es algo mecánico, pero tu cabeza es esencial.

Y ahora, otros escritores.

Ana B. Nieto

Ana B. Nieto, autora de una trilogía ambientada en Irlanda, nos envía su lugar de escritura. Muñequitos, colores cálidos, libros, papeles por el suelo, y un montón de notas clavadas en la pared. Un sitio cómodo, con corazón incluido. Un buen cubil. Caos ordenado.

David B. Gil

David B. Gil, autor de exitosas novelas ambientadas en Japón, me manda estas fotos y se disculpa: no ha ordenado nada de su despacho, es que a él le gusta así, trabajar con todo recogido y ordenado. Ya lo he dicho antes. El desorden inspira, pero el orden, un buen orden, con simetrías, con calidez, también. El mapa es el que usa de referencia. El sacapuntas gigante es un detalle. El escritorio está muy bien. Seguramente el caos está en los cajones. Un buen cubil.

José Zoilo Hernández

José Zoilo Hernández, su última novela es sobre vikingos. Un cubil magnifico, el primero que cuelga trofeos en su pared. Un cubil con armas y escudos es un buen cubil. Libros, apuntes, la mesa está ordenada. Taza con bebida de escritores. Comodidad, y trabajando: no le importa que podamos leer esa página nueva. Un sitio acogedor. Las armas visten el cubil.

Collen McCullough, 1977

Collen McCullough, escritora inspirada, nacida en Australia y autora de grandes novelas históricas. Por ejemplo, sobre César, que ahora está de moda. El mantel, la Olivetti eléctrica, el atril. Me encantan las flores. Los legajos, y lo más importante, la pizarra de notas. El tabaco. Vemos a una escritora en acción. El estampado, no obstante, no es propio de un cubil.

Sebastián Roa

Sebastián Roa, autor de grandes novelas medievales y sobre la Grecia antigua. Me manda esta foto llena de detalles. Paredes altas, estanterías a rebosar, papeles, mapas. Elementos, detalles, fetiches. De noche. El crucigrama es el reposo del guerrero. Ropa cómoda. La familia. Es justo como me imagino el cubil ideal: inspirador, y lleno de cosas diversas que conforman un verdadero Reino Independiente. La mesa, con tantas cosas, sin embargo no parece desordenada. Hay un Método.

Steven Saylor

Steven Saylor, autor de una saga sobre Roma y de detectives romanos, tiene un despacho que me gusta. Ha escrito sobre César muy bien (otros escritores no). Aquí, recién recibidas las copias de su última novela. De nuevo, gato de escritor. No te fíes, tiene los ojos abiertos. Es una segunda mesa, hay otra, con libros, papeles. La alfombra le da un toque de comodidad victoriana. Semioscuridad. Es un buen cubil. ¿Y el ordenador? ¡No hace falta! Necesitas creatividad, no electrónica.

Ken Follet

Ken Follet. ¿Habrá alguien que no lo conozca? Un cubil digno de tal nombre. Lo tiene en las buhardillas de su casa/mansión. Con sitio para invadir con miles de libros. Con varias mesas, con chimenea, con un espacio para tocar la guitarra, leer, quemar, una mesa enorme, pantallas enormes, un cubil laberíntico lleno de luces y zonas de penumbra. Ideal para trasnochar y para emborracharse con colegas. Incluso con sus perros. Es entrar en su mente, sus recuerdos, sus fotos, sus fetiches, un Reino Independiente. ¿Tendrá baño, tendrá nevera? Autónomo. Para perder su mente en su creación sin interrupciones.

Hasta aquí esta entrada. ¿Conclusiones?

-No necesitas cubil para escribir. Lo mínimo es eso: papel, lápiz. O ni eso. Un móvil. Los móviles son la nueva Biblioteca de Alejandría.

-Aun así, nos gusta tener un Pequeño Reino (el de Ken es enorme).

-Un cubil sin inspiración no sirve de nada.

-Y la inspiración, sin perseverancia, tampoco.

(*) Las imágenes han sido obtenidas de las cuentas públicas de los autores en redes sociales, o de hemerotecas, o por envío de los propios autores.

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